PET SEMATARY

por egoitzmoreno



Empecé con La larga marcha, que pillé de casa de mis tíos de Donostia cuando tenía doce años. En séptimo, mi amigo Iñaki me pasó Maleficio y Cristina, otra compi de clase, Las cuatro estaciones e It, que eran de su ama. Me leí el primero, y mi madre el segundo.

Luego, claro, me hice con todo lo que pude, que fue mucho.

En segundo de BUP, solía quedar con Eneko, mi vecino, para alquilar y ver películas. Aunque éramos menores, nunca nos ponían problemas en el videoclub… más que nada, porque lo alquilaba todo su viejo, que siempre pillaba alguna porno, además, pero ésa es otra historia…

El resplandor es la mejor (adaptación), claro… pero siempre he guardado -incluso durante la época en la que renegué del Sr. King, en beneficio de obras más (supuestamente) elevadas- un gran afecto por El cementerio viviente, peli y libro (éste titulado El cementerio de animales) que deberían haberme enseñado qué es un buen final.

Porque, años después, leí esto en Mirando al sesgo (Paidós), de Žižek:


Cementerio de animales, de Stephen King, quizá la novelización definitiva del “retorno de los muertos vivos”, tiene un interés especial para nosotros pues presenta una suerte de inversión del tema del padre muerto que retorna como una figura espectral obscena. Esta novela es la historia de Louis Creed, un joven médico que, junto con su esposa Rachel, dos hijos pequeños (Ellie, de 6 años; y Cage, de 2 años) y su gato Church, se muda a una pequeña ciudad de Mein donde estará a cargo de la enfermería de la universidad. Alquilan una gran casa confortable cercana a la autopista, por la que circulan continuamente grandes camiones. Poco después de su llegada, Jud Crandall, un vecino anciano, los lleva a visitar el “cementerio de animales” que está en el bosque, detrás de la casa: un cementerio para perros y gatos atropellados por los camiones en la autopista. En su primer día de trabajo, un estudiante expira en los brazos de Louis. Ya muerto, sin embargo, de pronto se yergue y le dice al médico: “No vayas más allá, aunque sientas que lo necesitas. La barrera no fue hecha para que la rompan”. El lugar designado por esta advertencia es precisamente el “entre dos muertes”, el dominio prohibido de la Cosa. La barrera que no hay que cruzar es la que se ve llevada a atravesar Antígona, el ámbito fronterizo prohibido en el que “el ser insiste en sufrir” (como los muertos vivos de la película de Romero). Esta barrera es designada en Antígona con la palabra griega átē, perdición, devastación: “Más allá de átē sólo podríamos permanecer un lapso breve, y Antígona lucha por ir allí”. La advertencia sibilina del estudiante muerto adquiere muy pronto significado cuando Creed se siente irresistiblemete arrastrado hacia ese espacio que está más allá de la barrera. Algunos días después, un camión atropella a Church. Consciente del dolor que la muerte del gato le provocará a la pequeña Ellie, Jud inicia a Creed en el secreto del “cementerio de animales”: es un antiguo cementerio indio habitado por Wendigo, un espíritu malévolo. Entierran el gato, pero éste vuelve al día siguiente: hediondo, repugnante, un muerto vivo análogo en todos los aspectos a su ser anterior, salvo por el hecho de que parece habitado por un demonio. Cuando Cage es también atropellado por un camión, Creed lo entierra, y el niño reaparece como un monstruo infantil que mata al viejo Jud, después a su propia madre, y finalmente perece a manos del padre. Creed retorna al cementerio una vez más con el cuerpo de la esposa, convencido de que en esa oportunidad las cosas saldrán bien. Al final de la novela, está sentado en la cocina solo, jugando un solitario y aguardando a la mujer muerta.

De modo que Cementerio de animales es una especie Antígona pervertida, en la cual Creed representa la lógica del héroe fáustico moderno. Antígona se sacrifica para que su hermano tenga un entierro decente, mientras que Creed sabotea deliberadamente el entierro normal. Interviene con un rito funerario pervertido que, en lugar de dejar a los muertos en su eterno reposo, provoca su retorno como muertos vivos. El amor que siente por el hijo es ilimitado, y va más allá de la barrera de átē, hasta el dominio de la perdición: está dispuesto a correr el riesgo de la condena eterna, de que el hijo retorne como un monstruo asesino, con tal de tenerlo de nuevo. Es como si esta figura de Creed, con su acto horrible, estuviera destinada a dar sentido a unos versos de Antígona: “Hay muchas cosas espantosas en el mundo, pero ninguna es más espantosa que el hombre”.

¿Y a cuento de qué viene todo esto?

Pues nada, que el otro día leí este post en Borgo, y descubrí un par de cositas… Entre ellas, este vídeo de Los Ramones:

Descárgatelo aquí.

Más Žižek aquí.

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